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HappycraZy

“La peor parte de ser una sociedad enferma es que la publicidad espera que se comporte como si no lo estuviera”. Una adaptación de esta cita de una película reveladora y taquillera para iniciar la conversación sobre lo que se espera que hagamos todos los días a través de nuestro trabajo. “Adopta tu verdadero estilo”. “Mantén en balance tu cuerpo y mente”. “Logra tus metas y progresa”. “Hazte un tiempo para tus amigos y familia”. “Engríe a tus hijos con ese toque especial”.

Pedirle a la gente que sea feliz -y varias marcas alrededor del mundo lo están haciendo, literalmente, en sus claims- suena lindo, suena normal, suena, desde muy arriba, necesario. La pregunta ni siquiera es si con la marca podemos lograr la felicidad de un ser humano porque sabemos (ojalá) que es una sobrepromesa. Claro que hay una felicidad del momento, segundos de brillo alrededor de un consumo que gatilla recuerdos, nuevas relaciones y hasta cambios químicos, y eso sí que no es una sobrepromesa. La pregunta es, ¿por qué muchas veces arrastramos esta creencia, desde fines de la Segunda Guerra Mundial, de que la publicidad puede alargar la felicidad del consumo del momento a la vida? Al estilo de vida. Nos convertimos en esa publicidad paisajista que pide a la comunidad que sea algo para cumplir con sus necesidades, pero no se entera de otras fuerzas más allá de este pedido de felicidad.

Como tantos otros fenómenos de reciente awareness, este también tiene un nombre: Happycracy, en inglés, Happycracia, en spanglish. El gobierno de la felicidad es esa tiranía del mindset de la sonrisa sin un interés en bienestar integral de salud mental y de cultura. Hoy ese gobierno tiene que ser analizado, porque no se trata de procesos internos vividos por individuos o dictados por ninguna genética o “idioscincracia nacional” (no recomiendo esa palabra), sino de la olla de presión de la infelicidad colectiva que puede llevar una comunidad del “oasis” a la crisis, para lo que basta observar el mapa de Latinoamérica y el Caribe hoy.

La desigualdad social en la que viven nuestros países -aunque volteemos para el otro lado a nivel local y a nivel industria-, es el origen de la crisis de cómo nos representamos como personas y como marcas, y que moldea el consumo de estos meses y años, aunque venga de una necesidad de aceptación más antigua. Ante la crisis social, nuestra práctica y nuestro discurso están en función de cómo queremos ser percibidos por los demás.
Producimos, intercambiamos y acumulamos símbolos que nos hagan ver funcionales, prósperos, atractivos, y por encima de todo, felices. Esta industria no cuenta con que la fantasía de la felicidad se desmorone de un momento a otro y que la economía del símbolo
de la que depende, se rompa. ¿Pueden las acciones y comunicados que salgan de una reunión de emergencia con la ciudad en crisis de “la red” asegurar alguna clase de impacto?

¿La idea de felicidad que pretendemos puede ser el negativo de la foto de la locura?

Ilustración por Erick Baltodano.

Autora

Gabriela Sialer